Lo que se ve (Emilio Ariño)
Hay espectáculos que, silenciosamente, sin grandes campañas publicitarias, van construyendo su éxito, con la simple recomendación del que ya lo ha visto. Esto ha ocurrido con el espectáculo presentado por la Compañía de Mimo y Zapateo Americano, que con idea, coreografía y dirección general del flamante Premio Moliere ‘85, Alberto Agüero, se titula, simplemente, “El circo”. Y digo simplemente porque es tan grandiosa la posibilidad que ese enunciado ofrece, que hay que volcar mucho talento, mucho ingenio, mucha inventiva, para poder abarcarla, aunque sea en parte. Alberto Agüero, piedra fundamental, basal, diría yo, despliega un abanico de capacidades pocas veces visto, ya que, cómo juzgarlo; ¿como creador de la idea? Es simplemente superlativa; ¿cómo director? Logra un ensamble tan justo, tan milimetrado, tan en “tempo”, que los casi 110 minutos de propuestas, lo dejan con “gusto a más”; ¿como mimo? Espectacular. Su Striptease es simplemente delirante, su prestidigitador tierno y equilibrado, su payaso —personaje genérico del espectáculo— lleno de toda la ternura y toda la sonrisa- tristeza, que todo payaso conlleva. Ellos tres, porque no es uno; son tres, tienen, además, un acierto total, pleno, cabal: La elección de los que tienen que acompañar tamaño empeño. Y comienza el acierto en una Mirtha Fuentes a la que resulta irresistible el no decirle que es “pequeña de tamaño, pero grande de talento”. Con una “vis” cómica pocas veces vista, buena zapateadora, acróbata por momentos, actriz en todas las instancias, llena el escenario con su escaso físico y su gran capacidad. “Resiste” al exquisito prestidigitador sin ceder un ápice y no sé si, por momentos, haciéndolo “retroceder”. Magnífica “batalla” de la que emerge un indudable ganador: El público. Un elemento de difícil ubicación teatral, pero para tener muy en cuenta sin lugar a dudas. Y después... o antes... o durante... ¡ todos! Porque son buenos, excelentes, bailarines —no usual en nuestros escenarios— porque hay acróbatas de primera, porque zapatean con el desenfado de los que “parece fácil”, porque se integran en un todo sin fisuras en un acto de entrega casi litúrgico que tan bien le hace al teatro. Dos palabras para Alberto Tarditi, diseñador-y realizador de un más que espléndido vestuario.
HASTA EL DOMINGO.