Alberto Agüero, enamorado del circo y de los mimos
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LA NACIÓN. Domingo 19 de abril de 1987
Cuando Alberto Agüero recibió el Premio Molière a la mejor dirección por su espectáculo “El circo”, probablemente fue el primer sorprendido. Acostumbrado a “que los empresarios ni siquiera me reciban y siempre sostengan que el mimo es un mal negocio”, este hombre no esperaba los halagos de la fama. Sin embargo, tres años en cartel —actualmente la pieza se ofrece en el Teatro del Globo- han hecho de su obra un éxito.
—Empecé a trabajar con un grupo de mimos, actores y bailarines -sostiene Alberto Agüero- que se formaron conmigo. Ensayamos un año intensivamente. sin productores ni mecenas. Programamos hacer cuatro funciones en el Coliseo y en la tercera tuvimos una sorpresa estupenda.
—¿Consiguieron producción?
—Algo mejor. Una sobrina de China Zorrilla, Cecilia Herrera, invitó a la función a China y a Tita Tamames. Al otro día, a las tres de la tarde, llegaron a mi estudio y me dijeron que no iban a permitir que el espectáculo bajara de cartel. A la noche me llamaron para decirme que habían conseguido el teatro Liceo para “El circo”.
Tristeza y melancolía
—¿Por qué cree que el espectáculo atrapa al público?
—Muestro una galería de personajes donde cada uno se identifica con quién desea. En la función hay tristeza, melancolía, terror. Todo un abanico de posibilidades para que la gente se reconozca y, también, se conecte con la infancia.
—¿Cómo se gestó el espectáculo?
—Primero lo boceté solo, imaginé las escenas y fui creando la historia. El vestuario, que pertenece a Alberto Tarditi, fue diagramado en noches de largas discusiones. Era fundamental descubrir el estilo que íbamos a adoptar. Y después de muchos cabildeos le dimos a la ropa tintes medievales.
—¿Qué papel juega la danza en el espectáculo?
—Con el baile contamos historias, pero aquí hay números de danza que son útiles para que el espectador descanse de las escenas exclusivas de mimo.
—¿Son cansadoras?
—No, lo que sucede es que el mimo requiere de una atención especial, ya que el espectador tiene que descifrar los códigos y completar la escena con su imaginación. Sin imaginación no hay representación posible. La danza y el zapateo americano, en cambio, surgen como productos acabados.
De Tucumán al escenario
—¿Cómo elige la carrera del mimo?
—Vivía en Tucumán y un día cayó la Comedia Francesa con Jean Louis Barrault. Cuando lo vi actuar pensé: yo quiero ser mimo. A los 20 años llegué a Buenos Aires y pregunté dónde se podía estudiar. Y entonces me encontré con Ángel Elizondo y comencé mis estudios. En seguida supe que el futuro mío era ser mimo. Posiblemente porque soy tímido y parco elegí el gesto. Para mí actuar y bailar era fácil. Ser mimo significaba todo un desafío.
—¿Cómo sigue su carrera en las tablas?
—En el primer congreso de mimo que se hizo en la Facultad de Medicina, en el 71, presenté mi primer obra. Y al año siguiente hice una adaptación de “La lección”, de Ionesco.
—Es difícil imaginar una pieza de Ionesco interpretada sin palabras.
—Sin duda, fue una sorpresa para todos. Uno de los mimos encarnaba a la sirvienta, que en este caso tenía bigotes. Hicimos la pieza en la sala Casacuberta del San Martín.
—¿Por qué no presentó ningún espectáculo durante varios años?
—Me limité a formar gente. Una vez estaba actuando en la calle y me pidieron documentos y autorización para trabajar. Lógicamente yo no tenía permiso. ¿Pero qué mal hacía actuando gratuitamente para la gente? Después de ese incidente opté por el silencio.
El estilo
—¿Usted creó un estilo dentro del género?
—Sí, yo hago que los intérpretes se muevan en el escenario de manera más natural. El gesto es un código y hay que descifrarlo, pero nunca es bueno llegar a lo hermético.
—¿Qué otra cosa puede decir del gesto?
—Creo en la mesura del gesto: una mirada, una mano pueden más que muchos movimientos innecesarios. Claro que si el espectador no tiene imaginación el mimo no logra sus objetivos.
—Parecería que no es un arte para ciegos.
—Sin embargo hay una mujer, que pertenece a un centro de no videntes, que ya trajo siete ciegos a la función.
—¿Cómo recibieron el espectáculo?
—Muy bien, ella les contaba todo lo que sucedía y ellos percibían la música y los movimientos. Insisto, con imaginación el arte es posible. Y a la imaginación hay que ejercitarla todos los días. Si no se seca.
