El Circo (Una vez más y siempre el circo)
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LA NACIÓN, domingo 2 de febrero de 1986
Ha sido la revelación de la temporada de verano. Un espectáculo de mímica y tap dance. "El circo", montado por Alberto Agüero con sus alumnos -actores y bailarines poco conocidos-, se convirtió en una fiesta para el público que ha celebrado con risas y melancolía sus imágenes deslumbrantes. Y para que la fiesta fuera completa, los críticos le otorgaron a su director el muy codiciado Premio Molière
Fue como en las películas de Hollywood de los años '40 en las que de pronto, un poderoso productor o un temible crítico en busca de nuevas figuras, iba a ver un espectáculo interpretado casi por desconocidos y descubría a un conjunto de portentosos artistas. La noche que se estrenó El circo, de Alberto Agüero, en el Liceo, unas semanas antes se había dado apenas cuatro noches en el Coliseo-, la sala estaba casi vacía: no estaban ni las figuras de la farándula que asisten a esos acontecimientos para ver y ser vistos ni las nubes de paparazzi ávidos de conseguir fotografías de estrellas, empresarios, figuras de sociedad, políticos y escritores; tan sólo Magdalena Ruiz Guiñazú, Jaime Potenze y dos o tres periodistas más que habían llegado allí alertados por Buddy Day, Tita Tamames, China Zorrilla y Federico González del Pino.
La sorpresa fue mayúscula porque se trataba de un espectáculo deslumbrante, un hecho que quedó perfectamente confirmado por el premioMolière que obtuvo Alberto Agüero, autor de la idea, coreografía y dirección de esta obra representada exclusivamente con mímica y tap dance. Si bien nadie pudo oponer objeciones a esa distinción tan merecida, algunos no dejaron de señalar que, con sólo una puesta en escena, Agüero había logrado uno de los lauros más apreciados por la gente de teatro de la Argentina. Sin embargo, el director de El circo tiene una larga, aunque poco conocida, trayectoria escénica.
"Hace veintidós años vine a Buenos Aires para dedicarme al teatro. Nací en la ciudad de Tucumán y allí empecé mi formación teatral. Me interesaba la mímica: toda mi concepción dramática está relacionada con esa disciplina. Hace mucho tiempo vi actuar como mimo a Jean-Louis Barrault en Tucumán y me dije: yo quiero hacer eso. Seguí cursos de mímica y además tomé clases de danza y zapateo. Armé varios espectáculos y números: entre ellos recuerdo una versión mímica de La lección, de Ionesco, que presenté en el Teatro Municipal General San Martín. A los críticos les gustó mucho. También trabajé en el Teatro Del Centro, pero si bien las reseñas eran elogiosas, decían que mis puestas no eran comerciales, que al público no podían gustarle."
Quizá por el hecho de que en la actualidad la mímica es para algunos un género "menor", Alberto Agüero tuvo que trabajar en boites, confiterías y hoteles a la manera de los conmovedores personajes que Federico Fellini -un creador al que Agüero rinde un bellísimo homenaje en El circo- retrata en sus filmes. Las imágenes entrañables y desgarradoras de Giuletta Massina -inolvidable Gelsomina- o de Los payasos le han servido de confesada fuente de inspiración al director argentino. Uno puede imaginarse perfectamente a Agüero interpretando algunos de sus poéticos números entre las mesas de un restaurante o de un night-club, mientras los comensales o los habitués toman una copa e inesperadamente descubre que, en vez de las consabidas rutinas de prestidigitadores, rumberas y conjuntos "internacionales", se despliega ante sus ojos una especie de mágico ritual que suscita la admiración, la sorpresa y la nostalgia.
Una vez en Buenos Aires, Alberto Agüero se propuso formar un grupo: "Tardé siete años en lograrlo. Quería rodearme de gente disciplinada y responsable, que no estuviera detrás del éxito, sino de la calidad del espectáculo, que se sintiera satisfecha con el trabajo bien hecho. En realidad, los actores que intervienen en El circo son alumnos de la escuela Fama donde enseño mímica y tap-dance. Antes tuve mi propio estudio en la calle Esmeralda, pero yo no sirvo para ocuparme de asuntos administrativos, estoy más tranquilo enseñando en un instituto regenteado por otros.
Poco a poco la gente se fue acercando a mis clases. Tuvo algo que ver con eso la propaganda de una soda que filmé para televisión. Cuando se estrenó El circo, muchos se asombraron de la actuación de esos muchachos que eran novatos; nadie los conocía. En verdad, El circo no es nada más ni nada menos que el espectáculo de fin de curso de mis clases de zapateo. Siempre se dice de las obras mal puestas y mal interpretadas que parecen funciones de fin de curso. No veo por qué. Si uno trabaja con seriedad, esos espectáculos tendrían que ser excelentes porque se ha estado trabajando en ello durante un período muy largo. Nosotros ensayamos El circo a lo largo de ocho meses".
El método de trabajo de Alberto Agüero no deja nada librado a la improvisación. Dibuja cada escena de la obra que monta atendiendo a la composición y al color: "Para mí, el escenario es una tela en blanco en la que pinto a los personajes con la luz y con la ropa. Cuando al principio ensayamos sin trajes ni luces, los actores me preguntan por qué deben quedarse en tal o cual pose en cierto lugar de la escena; entonces les muestro mis bocetos; la luz, el vestuario y la música le dan sentido a cada movimiento. Los críticos señalaron precisamente el sentido plástico de las escenas: para mí es un aspecto esencial del hecho teatral".
Si bien El circo evoca el mundo de Fellini, sobre todo del Fellini de Los payasos, de La strada y de Los inútiles, el espectáculo de Agüero tiene un carácter eminentemente personal y hasta autobiográfico: "Las películas de Fellini hablan de la provincia, aun cuando se ocupen de Roma. Se trata de la visión de la vida que puede tener un provinciano. Eso que muestra Fellini es su infancia y su terruño, Rimini. Y eso es universal, tan universal que yo, a miles de kilómetros de distancia, me veo reflejado en esas imágenes. Cuando era chico, enfrente de mi casa, en un terreno baldío, se instalaban circos. Los circos cambiaban, pero siempre había allí un a carpa. A la hora de la siesta yo me escapaba de casa, me corría hasta los carromatos y me adentraba en la vida de esa gente que me deslumbraba. Los payasos y los magos me enseñaban sus trucos. Aprendí malabares y pruebas acrobáticas. Pasaron por mi infancia circos de una, dos y tres pistas, con y sin animales. Hasta que mucho después vi a Barrault y comprendí lo que debía hacer. Pero ese ambiente de mi niñez me marcó. En mis espectáculos trato de algún modo de recrear lo que yo sentía en esa época. Tucumán, con su calor, con sus largas siestas, con la sensualidad de su vegetación y de su gente, está asociada para mí con el Oriente. No sé por qué.
Quizá porque desde chico me imaginaba que el Oriente de Las mil y una noches estaba poblado de seres tan extraordinarios como los que yo encontraba en los circos. En los cuentos del tucumano Juan José Hernández, de quien soy muy amigo, también se respira una atmósfera parecida.
En lo que él dice, aun cuando está hablando de lugares y de gente pobre, hay lujo, suntuosidad, el fasto de ese clima tropical con plantas y árboles de grandes hojas, de flores enormes y de colores brillantes. Así pretendo que sean las imágenes de mis espectáculos. Otro de los creadores a quien admiro mucho, aun cuando su universo es totalmente distinto del mío, es Visconti. Como Fellini, crea un mundo visual que parece inagotable. Uno podría quedarse indefinidamente analizando y descubriendo cosas en cada uno de los fotogramas de sus películas".
Los colaboradores de Agüero en El circo comparten su mismo entusiasmo por la expresión visual. Alberto Tarditti, responsable del vestuario, y César Escola, de las luces se documentaron en numerosos libros de art déco y de music-hall para diseñar la ropa y la iluminación de la puesta: "Trabajamos en un bodegón -dice Agüero-. Me gustan esos lugares. No me siento cómodo en las confiterías supuestamente sofisticadas. Me agradan los restaurantes y los bodegones a los que va la gente que está trabajando y que sólo piensa en eso, y no en la figuración. Dibujamos todo El circo en las servilletas de papel de esos cafés".
El circo fue realizado con una maravillosa economía de recursos, pese a lo cual todo es de un exquisito buen gusto que parece sustentado por un abultado presupuesto. En verdad, el presupuesto fue ínfimo, y cuando se le pregunta a Agüero a qué extremos podría llegar con un productor generoso, tras este éxito, el director responde: "No sé. Nunca tuve dinero para montar un espectáculo. A lo mejor, fracasaría, o no sabría hacer más que esto. Me gusta restringirme. Es como si las dificultades me ayudaran a crear, a imaginar. Si me dieran todo, a lo mejor no sabría qué hacer o haría un desastre. No necesité de grandes estrellas para El circo, simplemente extraje de cada uno de mis actores lo que ellos son en el fondo de sí mismos. Mirtha Fuentes, por ejemplo, entusiasma al público interpretando a una enana que es pícara, malvada, tierna, y, sobre todo, una diva, una especie de diosa minúscula que acapara la mirada de todos desde que aparece en el escenario con desplantes que hacen recordar a la Callas. Ella empezó a tomar clases de tap conmigo hace poco más de un año. Era consciente de sus limitaciones, pero conservaba el sentido del humor; yo busqué en ella lo mejor de sí y creo que lo logré. Hasta el punto de que ahora cuando sale a escena pregunta siempre como una gran vedette de music-hall: "¿Dónde están mis zapatos de taco aguja y mi boa?" Tiene 18 años y una gracia y un magnetismo irresistibles".
Con el fondo musical -también compaginado por Alberto Agüero- de Nino Rota, Vangelis y "Cantando bajo la lluvia", las imágenes de El circo evocan para el espectador las fantasías de terror, deslumbramiento, amor, muerte y misterio de un creador sobre otro creador. Homenaje a Fellini, al circo y, sobre todo a la propia infancia, el espectáculo de Alberto Agüero ejerce ese perturbador encanto de todo lo que se hace para compartir -transfigurados por la visión de un artista- el entusiasmo, la tristeza y la melancolía de cada vida.
Hugo Beccacece
(c) LA NACIÓN


