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El Circo: una poesía de Bécquer o Carriego

EL ATLÁNTICO, Edición impresa. Domingo 1 de febrero de 1987

El Atlántico
Secuencia de un pasaje de "El Circo" que recrean dos extraordinarios actores, Alberto Agüero y Mirtha Fuentes. Esta obra de ninguna manera se la puede pasar por alto; es como una poesía digna de admirar.

MAR DEL PLATA. Es como una poesía de Bécquer o Carriego. De amor, con rima: como decir con Amado Nervo "más allá de la violencia - de ciclones y tornados - la inmutable transparencia - de los cielos estrellados".

Eso, con ternura, creatividad, ingenio, más trabajo, es "El circo" que Alberto Agüero presenta diariamente en el teatro Alberdi de esta ciudad.

Pero, ¿qué es este atípico espectáculo de mimos, bailes y zapateo americano?

Lo que decimos al comienzo: poesía. Poesía corporal, belleza. Magia, en definitiva.

Desde que se visualiza el escenario, con ese payaso que con imaginaria escoba barre, llenándonos los ojos con polvo, nos transportamos a la época más hermosa de nuestra niñez. Como para evocar, a tantos años esas marchas desafinadas que salían de bronces portados por uniformados músicos que nos parecían trashumantes, llegados de un mundo de fantasía. Y después el temblar ante el peligro que ese equilibrista, trabajando sin red, pierda pie...

Es el circo. Con todos sus encantos. Y recuerdos. El espectáculo de este desconocido tucumano, que no obstante haber ganado en 1985 el premio Molière, no ha trascendido al gran público, atrapa desde el comienzo.

Quizá porque hay sencillez majestuosa en el decorado; lujo sin agresividades.

La lección de Alberto Agüero y todo su afiatado elenco, reside en la entrega total, sin especulaciones, ni vedetismo. Legendarias máscaras que cubren rostros, maquillajes, que quitan toda fama callejera. Nadie trabajará aquí para que pidan autógrafos... Un auténtico circo que se hará imborrable con la magia del tap, el colorido del vestuario y fantasía de gran vuelo. Sin palabras, sólo con música, alguna que otra risa y el lenguaje del cuerpo, de los pies, ojos, manos; con un duende por traspunte que se comunicará con la platea.

Hay pureza, la lucha del bien contra el mal; monos, leones, prestidigitadores y una escenografía de la jaula digna de figurar en el cine de los grandes maestros. El "tap" en negro y blanco, adquiere dimensiones colosales.

Circo de ternura y poesía. Para grandes y chicos; aquellos transportadores a la niñez y estos preocupados por no perder detalles del visual lenguaje.

Magos, ecuyeres, payasos, saltimbanquis y un cuadro apoteótico: el lanzador de cuchillos y su partenaire donde el director Agüero y Mirtha Fuentes, conmueven hasta las lágrimas.

Le dan movimiento a la poesía; digna de ver. El Principito o Juan Salvador Gaviota llevados al escenario.

Buenos bailarines y buenos actores con asombroso dominio del cuerpo. Ahí están además de Alberto Agüero y Mirtha Fuentes, Víctor Bevilacqua, Mónica Tovili, Mónica Calabró, Silvia Márquez, Carlos Álvarez, Isabel Cortabarria, Bebe Lobougle y Carmen Márquez.

Para el final hemos dejado a Mirtha Fuentes que no se destaca por liliputiense, o la plasticidad de sus movimientos, sino por tener el abecedario en los ojos.

Lo único que llama la atención de este espectáculo es que no haya corrido la voz entre los que tuvieron la suerte de asistir, de admirarlo. Llama la atención que no se agoten las entradas, por lo cual, dirigiéndose a marplatenses y turistas, uno podría remedar a Fernández Moreno, preguntando: "a sus habitantes, señor, qué les pasa, odian el perfume, odian el color...?

Carlos Owens