El espíritu del circo en el Alberdi
EL ATLÁNTICO
Edición impresa. Martes 20 de enero de 1987
MAR DEL PLATA. Al margen del espectáculo propiamente dicho, del que hablaremos más adelante, anticipando que es sencillamente estupendo, “El circo de Alberto Agüero” es un montón de cosas y por añadidura todas más que especiales, que se ven en escena.
Titulamos con “el espíritu del circo”, no obstante y con ser esto muy importante no lo es todo, puesto que hay, más, mucho más, no para el análisis crítico, si para la exaltación de los que estimamos son los valores más importantes de una representación.
Porque el circo de Alberto Agüero no sólo nos reconcilia con el teatro y sus artistas, sino que nos devuelve la fe en un arte agonizante, malamente herido por quienes lo sangran sin piedad ni escrúpulos viviéndolo hasta la misma muerte.
Este espectáculo no sólo refunda una esperanza, acaso derruida sino que nos alienta a creer, nos convence de que el amor aún es posible y de que todavía hay caminos que hacia él conducen.
¿Qué hace falta para transitarlos rectos y no extraviarse en los laberínticos meandros de costos y dividendos; en la vana vanidad del vedettismo, en la soberbia del hecho estético que nunca suma sino margina con desprecio?. Pues nada más que creer en los demás tanto corno en uno mismo, nada más que olvidarse siquiera por un momento y que no necesaria ni obligadamente todos los caminos deben concurrir y concluir en nosotros mismos.
Esto es lo que demuestra haber entendido y hace mucho tiempo, Alberto Agüero. Su soberbio espectáculo es la prueba de que disfruta entregándose, dando sin reservas, ni expectativas de compensación alguna, salvo la alegría de los demás, lo mejor de si mismo; su capacidad creadora.
En su espectáculo se amalgaman en un todo armónico un trabajo que se imagina ímprobo y disciplinado y una capacidad expresiva en la que la ternura y la poesía se enseñorean de tal modo que nada aparece corno elaborado sino más bien corno cincelado por una mano maestra en magias y sortilegios.
La calidad es de un rango de jerarquía poco frecuente, a ella concurren una vitalidad felina traducida en una resolución plástica de extraordinario dinamismo y de una belleza formal que es un hallazgo de frescura.
El lenguaje corpóreo del conjunto semeja un precioso medallón en el que los detalles son tan importantes que casi podemos decir que no hay roles protagónicos. Todas las atracciones del circo sublimadas en el expresivo silencio de los cuerpos, en la enjundia de una música seductoramente poderosa, en la perfección de una coreografía de avasalladora arquitectura, en un vestuario rico en imaginación y fantasía y sobre todo y de singular manera, en el hálito de contagiosa simpatía que desborda el escenario, invade la platea y continúa en la sonrisa que todos portan y habrán de portar en el recuerdo de tan embriagadora, como gratificante velada.
Sería un poco como desintegrar el espectáculo destacar a unos sobre otros por lo que cuando, individualicemos a los bailarines-mimos, será como decir que el todo es maravilloso porque lo son cada una de sus partes: Víctor Bevilacqua, Mónica Tovoli, Mónica Calabró, Silvia Márquez, Carlos Álvarez, Isabel Cortabarria, Edgardo Piferrer, Miguel Mancuso, Cecilia Barbona, Bebe Labougle y Carmen Márquez.
Solo a Mirtha Fuentes, el duende más grande visto jamás y a C, el hacedor de este milagro corresponde este párrafo aparte.
Esto que contamos pasa todos los días, a las 21, en el teatro Alberdi, perdérselo sería imperdonable.
Carlos Owens