Buscate!

¡Qué suerte! fui al circo

El Cronista Comercial
www.cronista.com
El Cronista Comercial, 1985

“EL CIRCO”; Idea, coreografía y dirección general: Alberto Agüero; Reparto: Mirtha Fuentes, Alberto Agüero, Mónica Povoli, Miguel Mancuso, Carmen Márquez, Mónica Calabró, Héctor Orlando, Isabel Cortabarria, Edgardo Piferrer, Alejandra Rapazzini, Víctor Bevilacqua, Silvia Márquez y Marcela Trajtenberg; Vestuario: Alberto Tarditi; Máscaras: Edgardo Veltri y Elda Bairon; Salo de estreno: Teatro Liceo.

Un espectáculo precioso de esos que largamente reconcilian con la profesión, y también diría que con la vida. Todos Jóvenes, y hasta muy jóvenes, sobre el escenario. Todos rejuvenecidos, y hasta devueltos al milagro, rotundo y sonoro, de la Infancia, en la platea. Un Jardín enjoyado, lo que se ve (pues hay música de fondo, pero no textos). Un manantial de flores de las más variadas. Yacimientos de agua traslúcida y nueva. Cuánta Imaginación. Cuánta ternura. Cuánta magia, interrumpida, como el galope del más suelto y feliz de los caballos. Los cuentos que uno siempre quiso ver como reales. La gracia de un gesto, Imperdible y mínimo. La armonía del baile y la magnificencia del cuerpo. Eso de poder extraer, del perfil de un brazo que se curva en el aire, toda la gracia y toda la hermosura del mundo. Eso de poder traducir, en la sonrisa más límpida, el secreto fluir del amor. Y quiero agradecerle explícitamente a mi querida China Zorrilla el consejo que telefónicamente me dio: “No te los pierdas. Andá a verlos. Son buenísimos”. Fui, China, y tenías ampliamente razón, y hasta creo que fuiste modesta en tus elogios. Gracias. Por haberme hecho ir, por haberlos visto, y por poder ahora, como resultado, estar escribiendo.

Tenía sentados Junto a mi a dos chiquilines extasiados, un varón y una nena. Revolví en todos los bolsillos en busca de algún olvidado caramelo, una pastilla, granos de pochoclo, migas. En Buenos Aires a veces me olvido de salir provisto, como siempre lo hacia, meses atrás, en Roma o en Paris, en Berlín o en Florencia, de alimento para los pájaros y para las palomas. Queda ponerme a con versar con esos chicos, a través del puente de una golosina. Torpe de mí, al no recordar que los chicos son inmunes al chantaje. Por eso son chicos. De. modo que decidí entrar directamente en materia, y le pregunté a ella (se llamaba Carolina, mucho pelo rubio, mucho ojo claro, mucha piel amasada con luz) si le gustaba. Me contestó, con los ojos clavados a prueba de balas en el escenario: “A mí sí ¿y a vos?. A mí también, claro que me gustaba. Entonces Martín se metió en la charla: “Viste lo que hace ese de la capa?”. Ese de la capa hacia explotar luces misteriosas, convocaba humo sobre el escenario, torrentes, cataratas de humo, amansaba sortilegios. Y entonces nos pusimos a decir, atropelladamente, quiénes eran los que más nos gustaban. Para llegar a la conclusión (la deduje yo, después cuando me quedé sin el retintín y la algarabía de los chicos) de que nos gustaban todos, absolutamente todos, desde los leones de melena bicolor hasta el Diablo de cuernos vibrantes, desde el Equilibrista hasta la querida (dije bien, no me equivoqué el sexo) Angelo, desde la enternecedora pantomima del “S t r i p t e a s e” (que los chicos entendieron y festejaron mejor que yo) hasta el deslumbrante zapateado del conjunto (una maravilla más entre tantas), pasando por los monos, los zapatones del payaso y su carita triste y empolvada, las ínfulas del domador o el contrapunto del prestidigitador y de su ayudante, los dos chambones, dulces; queribles.

¡Cómo nos gustó, a Carolina, a Martín y mí, este circo de la imaginación y de la fantasía! Ahora, mientras estoy tratando de dar forma más o menos (menos) legible a estas sensaciones, me doy cuenta de que los extraño agudamente a todos, y casi, casi me empieza a inundar la tristeza. Me gustaría que me acompañaran la risa y los grititos de esos des chicos, a los que no volveré a ver nunca. Nunca. Los pasos y los meneos de los integrantes de ese circo tan encantador, con todo su equipo de magos y de ecuyeres, de bailarines en “pas de deux” inmateriales, de chistes, bromas, acrobacias y malabarismos. No sé por qué ni para qué me fui. Debí haberme quedado hasta la otra función, a la noche siguiente, y ofrecido pagar mi entrada barriendo el escenario o pasándole un plumero (pasarte el plumero es más lindo, los plumeros le hacen cosquillas a las cosas, y las cosas se ríen, pero solamente de madrugada y cuando están solas), con tal de no perderme ni una sola de las representaciones. iFelices de Carolina y de Martín, los Indisputados príncipes de ése territorio de la infancia, y de sus incontaminadas almenas y de sus purísimas torres, a quienes por eso mismo les resultará mucho más fácil que a mí evocar todo lo que esa vez vieron y oyeron, con lo que quedaron deslumbrados y hechizados! Y felices de todos los integrantes del elenco, porque noche tras noche reviven y siempre les saldrá de manera felizmente distinta ese regalo, casi Infinito de estar repartiendo amor y más amor, con lo que hacen, entre los grandotes de la platea, que de pronto nos sentimos aligerados, inconsistentes, nuevos. Porque el sortilegio se cumple. Quisiera nombrarlos a todos, y uno por uno. Ya saben que, en cierto modo, lo estoy haciendo. Pero no quiero dejar de enhebrar las presencias de Alberto Agüero, factótum del seductor “show”, y actor de sobresaliente talento, y mimo, y acróbata, y verdadera encamación cotidiana del dios Proteo, ni de Mirtha Fuentes, que me encegueció con la riqueza de sus resplandores, ni de Miguel Mancuso, espléndido en prestancia y eficaz siempre y en todo momento y de Héctor Orlando, y Mónica Povoli y Víctor Bevillacqua, y Carmen Márquez, y Edgardo Piferrer, y Mónica Calabró, e Isabel Cortabarría, y Marcela Trajtenbert ya está, les gané, los nombré a todos. Y añado al impecable y soberbio autor del no menos fastuoso vestuario, Alberto Tarditi, y a quienes concretaron las valiosas máscaras, Edgardo Veltri y Elda Bairon, y en la banda sonora, no sé, pero me pareció reconocer algunos de los compases del “Pulcinella” stravinskiano. Y de Gershwin.

Después salí, solo, al corazón de la medianoche, hostigada de relámpagos y sacudiéndose en la tormenta. Caminé bajo la lluvia. Los plátanos goteaban. Pasaban, Indiferentes, autos y colectivos. Era sábado. La gente andaba de a dos. de a tres, de a muchos. Yo no. Pero pensé en Carolina, en Martín, y en este circo al que acababa de abandonar, y me sentí, lo aseguro, cálida e Infinitamente rodeado.

César Magrini