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CLARÍN. Buenos Aires, sábado 11 de enero de 1986
ESPECTÁCULOS

La máscara, disfraz de la gracia y la ternura que nutren el original "circo" bailado y mimado en el Liceo. [Foto Julie Weisz]
La máscara, disfraz de la gracia y la ternura que nutren el original "circo" bailado y mimado en el Liceo. Foto Julie Weisz

Un espectáculo de rara calidad y refinada realización es "El circo", que durante pocos días (concluye hoy) se exhibe en el Liceo. Su inspirador, Alberto Agüero, bailarín y mimo excepcional, acaudilla un grupo de danzarines-actores en una evocación que podría haber sido firmada por Federico Fellini, pero contiene menos amargura.

La memoria de Fellini y de Ingmar Bergman no molesta cuando se ve El circo. El autor y figura principal, Alberto Agüero, comenzó por excluir todo elemento barato de la tierna evocación del circo y no fue indulgente consigo mismo ni con los catorce compañeros de escenario. Exigió que todos supieran bailar y dominaran el "tap" o zapateo norteamericano, y además de algunos de ellos aprovechó un aptitud mímica y gimnástica fuera de lo común. Pero más importante fue su enfoque. El circo, en la mirada cariñosa de Agüero, es la vida misma (¿no es ése el secreto de su perennidad?), y sus personajes son, más que individuos, representaciones de lo tierno y lo perverso de cada uno, del ángel bueno y el ángel demoníaco que llevamos, plegados en cien dobleces, y que se sueltan a veces dentro de nosotros sin pedirnos permiso. El payaso, eterno perdedor y víctima, es el centro de un desarrollo que podríamos llamar dramático si se ciñera a una trama. Pero ésta ha sido venturosamente reemplazada por la sucesión de pinceladas mimadas y danzadas, la suma de las cuales proporciona una vivencia muy punzante y tierna de esos seres cuyos gestos son el esquema inconfesado de nuestra propia intimidad.

El lector siempre desea saber "quiénes" antes de analizar "qué". Por ese camino aquí va despistado. Todos los actores-bailarines tienen alta eficacia escénica, pero su nombre dice poco, por el momento, a quienes no están asomados al mundo de la danza y la mímica. Lo que sí puede adivinarse es que de aquí en adelante, si continúan juntos y elaborando creaciones como El circo, serán muy conocidos. No se puede omitir a Mónica Povoli o a Costanza Asquini; ni a Víctor Bevilacqua o Mirtha Fuentes, ni a Mónica Calabró o Héctor Orlando, zapateadores, gimnastas y mimos de prodigiosa amplitud técnica.

Napoleón Cabrera