“El corazón se expresa cuando el cuerpo baila”
Alberto Agüero y sus 30 años con la danza
Alberto Agüero y sus 30 años con la danza
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Número 1297 | 14 noviembre 2006

'Lo que más me interesa es hacer vibrar a ese niño que llevamos dentro.'
C.WELCOME/PERFIL
En un terreno baldío, que ocupaba una manzana y estaba ubicado frente a su casa, en San Miguel de Tucumán, conoció lo que era el circo de aserrín. En aquel escenario ensayaban trapecistas y acróbatas, personas humildes que por las noches se transformaban en reyes con sus trajes de lentejuelas. En ese entorno Alberto Agüero -un hombre con una historia de vida signada por el arte- aprendió mucho y se enamoró del circo.
A los nueve años, con sus amigos más audaces del barrio, organizó su propio espectáculo en el jardín de su casa, y hasta se animó a cobrar entrada. Dirigió todos los números y, para hacer equilibrio en las alturas, amarró una soga a la parra. “Fue un verdadero éxito”, señala casi emocionado. Su padre trabajaba como albañil, pero tenía varios hobbies, entre los que se contaban los títeres, la plástica y escuchar a los grandes maestros del jazz. Su madre -actriz retirada y amante de la ópera-, se ocupaba de las tareas del hogar. Ambos alentaron a su hijo en su vocación artística y apoyaron su decisión de estudiar danza clásica y baile español; llegaron a realizar un verdadero esfuerzo económico para que un profesor particular le enseñara zapateo americano.
Durante muchos años dirigió su propia compañía, donde fusionaba teatro, acrobacia mimo y baile. Recibió los más importantes premios del país. C.WELCOME/PERFIL

A la fascinación que de niño sentía por lo circense, Alberto Agüero sumó otros entusiasmos. El baile y el mimo fueron consagratorios en su carrera. El 22 de noviembre celebrará sus 30 años en la danza con un espectáculo en el Astral. C.WELCOME/PERFIL
“En aquella época jugaba en el Lince Rugby Club. Tenía el físico forjado, pero era duro y bastante tosco. Me esforcé cada día para ser mejor bailarín. A los 14 años, cuando la cultura alcanzó un gran esplendor en Tucumán y la universidad contrataba conjuntos franceses, me enamoré del talento de Jean-Louis Barrault, la principal figura de la Comédie-Française, que hizo un número de mimo que aún hoy, a pesar de los años, no pude olvidar”, evoca.
A los 21 años llegó a Buenos Aires para perfeccionarse con los grandes maestros; el primero de ellos fue Angel Elizondo. “Apuntaba a convertirme en director teatral. Lo que, finalmente, hice fue ensamblar el mimo y el tap con el teatro y la danza. Seis años después de haber dejado mi provincia creé una compañía de mimo que llevaba mi nombre. Luego conformé el Circo de Alberto Agüero con el que debutamos en el teatro Coliseo, logrando muy buenas críticas”, declara.
—¿Es verdad que China Zorrilla concurrió a la última función y quedó tan encantada con el espectáculo que simplemente le dijo: “Esta obra no puede bajar”?
—Sí, recuerdo que fue al camarín y me comentó que iba a convocar a más periodistas; también habló con el dueño del teatro Liceo, y nos mudamos ahí. Posteriormente vinieron los premios, el Molière como “Mejor director”, dos Estrella de Mar y el Vilches al “Mejor espectáculo de la
temporada”.
—¿Cuándo filmó esa inolvidable publicidad de soda Ives, donde entregaba sifones caracterizado de mimo y bailando tap?
—Eso fue mucho antes de la creación de mi circo. En los años setenta hice muchos cortos publicitarios en el país y el exterior; pero la más exitosa, sin duda, fue la que realicé para Ives. Fue un boom, y en ese momento la gente se me acercaba en la calle para felicitarme. Me conocieron mucho más por el aviso que por mis trabajos anteriores. Fue
un espaldarazo impresionante para continuar con mis actividades.
Actualmente, Alberto Agüero dicta clases de tap, en la sede central del Club Gimnasia y Esgrima. Y eligió ese lugar porque el salón de danzas es el más grande de Buenos Aires. “Tengo cien alumnos por clase; algunos son bailarines profesionales pero muchos son estudiantes universitarios, cirujanos, médicos, psicólogos, arquitectos y jubilados que encuentran en el tap un recreo maravilloso. Ellos entendieron que el alma se expresa cuando el cuerpo baila”, señala.
La lectura, la pintura, la música y algunos programas de televisión como “Montecristo” y “Mujeres Asesinas” son parte del universo personal de este artista. “También me fascinan los autos antiguos, tan presentes en el cine europeo de los ’50 y ’60. Me recuerdan esas películas en blanco y negro que tanto admiro, como las de Luchino Visconti, mi director favorito”, cuenta. Quizá sea por su apariencia vital, pero lo cierto es que Alberto Agüero tiene mucho de niño en su entusiasmo. Y así lo admite: “Lucho por conservar intacto ese niño que fui. Lo preservo de ciertas rigideces que llegan con la madurez”.
—¿Le gustaría volver atrás?
—No, no... Eso, no. Simplemente quisiera ver el mundo como lo hacen los niños.
—¿Cuál es el fin último de su profesión?
—Lo que más me interesa es hacer vibrar a ese niño que todos llevamos dentro. No creo que el teatro pueda modificar una sociedad ni que sea algo imprescindible para el ser humano. Mucha gente vive sin él. ¡Qué digo! Vive sin arte, y vive feliz. Sin embargo, quienes tienen inquietudes artísticas no pueden desatenderlas sin pagar el costo de la
insatisfacción. Creo que yo pertenezco a este último grupo.
El 22 de noviembre, Agüero celebrará junto a sus alumnos sus treinta años de trayectoria con la danza; lo hará con un espectáculo de tap en el teatro Astral –“Y todo es Tap”– donde estarán presentes el jazz, el swing y la danza acrobática. En el escenario se lucirán setenta personas, bajo los arreglos y la dirección musical de Alejandro Lapeyre. “Será para mi una noche de gloria, una gran noche de celebración para compartir con amigos, el público y mis alumnos”. Un marco adecuado para ensalzar el talento y la pasión de un artista singular.
Publicación semanal de Editorial Perfil S.A. © Copyright 2006. Editora CARAS. Todos los derechos reservados.
